By María Fernanda Sandoval
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María Fernanda Sandoval / Opinión /

Ixcanul, como esta misma se presenta, es la película guatemalteca más premiada. Pero su grandeza no solo queda en el reconocimiento internacional o la producción, se encuentra especialmente en la realidad que retrata. Aunque Jayro Bustamante merece un prologando aplauso por reproducir y enhebrar imágenes e historias dentro de un lapso relativamente corto y relacionar figuras tan propias del colectivo social maya guatemalteco; con condiciones tan universales en el ser humano como el amor, los sueños, la maternidad o la sexualidad. La particularidad de esta producción francoguatemalteca se encuentra en símbolos tan mesoamericanos como la fuerza femenina asemejada a un volcán; y en escenarios tan crueles como el dominio total de códigos occidentales en un país plurilingüe y pluricultural o el sueño americano contextualizado desde las personas que no encuentran mayores oportunidades en su propio país.

El director comenta en varias entrevistas que cuando ofreció un casting para encontrar a las actrices que protagonizarían su película, nadie tocó a las puertas; sin embargo cuando anunció oportunidades de trabajo, empezaron a llegar personas en su búsqueda. Particularidades como ésta, hacen grandiosa la película del momento. O deberían hacerla, al menos ante nuestros ojos compatriotas. Nosotros, como guatemaltecas y guatemaltecos, más allá de la calidad actoral, deberíamos puntualizar en los actos que se manifiestan. Después de todo, dos mujeres capaces de cargar veinte libras de leña sobre sus cabezas, es una postal que fascina a los extranjeros, sin embargo es también una imagen de la vida diaria entre las montañas de Guatemala.

Allí reside la belleza de el volcán en la forma de postergar las fantásticas imágenes a través de un oportuno lente.

Los baños en temascal, las ofrendas a los Dioses y la lava del volcán no son obra de una repensada historia. Jayro, plasma maravillosamente la historia de María (una mujer real que dio su testimonio al director en alguna ocasión) y  junto a él; María Mercedes Coroy y María Telón dejan su esencia en el largometraje. A través de una sincera carcajada o unos melancólicos ojos tristes, ambas actrices encarnan una actuación que va más allá de la práctica y la técnica, que se asemeja –talvez sin ser estudiada- a la gran teoría de Stanislavsky: revivir una imagen pasada para provocar un estado emocional auténtico en el presente.

Nosotros, los guatemaltecos en las salas cines no podemos quedarnos en el halago al buen director, ni a la ayuda francesa. La película Ixcanul cumpliría de mejor manera su objetivo si al final de ella nos preguntamos en sentido bidireccional, qué sigue para Bustamante, qué maravillosa producción nos traerá ahora y seguido a ello, para que se cumpla también la finalidad en lo profundo, nos cuestionemos sobre la historia que se nos ofrece. ¿Qué oportunidades tiene las mujeres indígenas de labrar un destino distinto? ¿Y sus hijas? ¿Y las hijas de sus hijas? ¿Por cuánto tiempo más?

“Orgullos nacionales”, alusiones a los bellos paisajes o preocupaciones por la imagen que la comunidad internacional se formará de nosotros, es una vista muy simple a Ixcanul. Es estar dentro del lago sin pretender mojarse, similar a dos perfumadas señoras hablando de la terrible pobreza y las posibles soluciones políticas en las calles mejor alumbradas del condominio más exclusivo de San Ángel, un bonito lugar en la zona dos; mientras a media hora de camino un pueblo del mismo municipio, sobrevive entre la basura en Santa Cruz de Chinautla. Uff, vaya “película”…

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Estudiante de Derecho. Universidad Rafael Landívar. Interesada en la poesía, el arte y la sociedad.

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