By Brújula
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Gabriela Maldonado / Opinión /

Casi siempre me despierto cuando Ángela llega a la casa pero en esa ocasión dormí un poquito más. Cuando finalmente me levanté fui a la cocina y ahí estaba ella así que la saludé; quería preguntarle por Melanie, su nuera, quien había sido internada de emergencia en el hospital el día anterior.

Melanie había llegado al IGSS por la mañana acompañada de un sobrino, el único familiar que tenía tiempo para acompañar a la embarazada en su viaje en camioneta hacia el hospital en la ciudad capital (fue enviada hasta allá por parte del centro de salud en Fraijanes). Pero el sobrino no se pudo quedar acompañándola pues solo dejan entrar a mujeres al área de maternidad. Melanie estuvo sola en el hospital cuando le dijeron que tenían que realizarle una cesárea de emergencia y se quedó sola hasta las 4pm de ese día cuando Ángela y su hijo – esposo de Melanie – llegaron a verla durante las horas de visita.

Platicando con Ángela en la cocina me enteré que Melanie y su bebé estaban muy bien. Después de describir con mucha ilusión a su nueva nieta, Ángela me comentó, en voz baja, que estaba esperando una llamada de Melanie pues era probable que la dieran de alta esa mañana y Ángela tendría que ir a recogerla. La razón por la cual me contó eso con cautela fue porque tenía pena (¿o quizá miedo?) de pedirle permiso a mi mamá para salir temprano (sería el 4to día en la semana que pedía permiso, pues a principios de semana ella había estado enferma y el tercer día salió temprano para llegar a tiempo a visitar a Melanie).

En mi mente no había duda alguna de que Ángela tenía que tener permiso para salir temprano para ir a recoger a Melanie, sino ¿quién más iría por la nueva madre y su recién nacida? La familia de Melanie vive hasta Jutiapa, entonces le toca a Ángela, como la familiar mujer más cercana, ir por ella.

Al terminar de hablar con Ángela, subí a hablar con mi mamá. Cuando le comenté que Ángela probablemente tendría que salir temprano (pero que volvería a regresar en la tarde), tuvimos una pequeña discusión.

Mi mamá me pidió que no me metiera más entre ella y “su muchacha”. “Tu empleada”, le corregí -decir “mi muchacha” se escuchaba muy posesivo y controlador para describir una relación laboral-. Le dije a mi mamá que si me metía era porque Ángela tenía miedo de hablar con ella y la respuesta inmediata de mi mamá fue que así debía ser, pues ya había faltado bastante esa semana. A lo cual yo pregunté: “¿Está bien que tenga miedo de hablarte?”

Entiendo que hay un acuerdo laboral entre mi mamá y Ángela, pero ¿por qué relacionarnos desde los valores inhumanos del capitalismo en vez de buscar formas más humanas que se basen en valores como la comprensión, la empatía, y la solidaridad?

Antes de continuar solo quiero aclarar que amo a mi mamá y la respeto, pero uso esta historia como base de una crítica a las relaciones de trabajo, en especial de trabajo doméstico, y no como una crítica dirigida hacia mi mamá particularmente.

El trabajo doméstico difiere mucho de un trabajo de oficina, entre otras cosas porque mi casa se vuelve la oficina o lugar de trabajo de alguien más — y la casa es un lugar muy íntimo. Lo cual me permite analizar las relaciones laborales de una manera más cercana y personal.

Por un lado, al ver a Ángela no puedo dejar de pensar en Carlota, en quien aún pienso constantemente a pesar de que han sido más de dos años desde su muerte por una enfermedad repentina. Pienso en lo mucho que ella significó para mí y de cómo nuestra relación fue limitada por diferencias de clase y etnia -no quiero dejar que eso suceda otra vez-.

A Carlota la vi casi todos los días de mi vida, ella conocía muchas intimidades de mi familia y en las épocas en que el dinero no alcanzaba siempre nos decía “somos pobres, pero felices”. Ella me bañó cuando era niña, preparó mi lonchera para el colegio, me compró helados con las monedas que le sobraban, soportó mi mal humor (en ocasiones hasta lo confrontó con mucha paciencia) y llenó de amor mi vida con sus cuidados, refranes y risas.

Pero Carlota nunca se sentó a la mesa con mi familia ni asistió a mis cumpelaños, aparece solo en unas cuantas fotos y jamás participó en las actividades familiares (a menos de que fuera en función de “sirvienta”).

Por otro lado, pienso en el relato de una amiga Filipina que hace unos años me contó que al crecer también tuvo a alguien como Carlota en su vida, aunque su relación fue muy distinta. Según mi amiga, en las Filipinas a las empleadas domésticas se les dice “hermanas mayores” en las casas donde trabajan y sus empleados las tratan como parte de la familia: les pagan sus estudios básicos y las invitan a participar en viajes familiares.

Teniendo en cuenta lo anterior me pregunto ¿por qué en Guatemala no podemos extender más compasión y humanidad a nuestras empleadas domésticas y empleados en general?

¿Por qué no tratarles como seres humanos iguales a nosotros en vez de como si fueran nuestra propiedad o seres inferiores?

Claro que al entablar relaciones laborales estamos siguiendo un patrón jerárquico y autoritario que tiene muchos años de existencia, pero que esconde mucha opresión, discriminación y violencia.

La esperanza surge de saber que este patrón no es la única posibilidad para nuestras relaciones laborales ya que existen alternativas y también podemos ser creativos e imaginarnos otras maneras de relacionarnos.

Creo que todos estarían de acuerdo con la afirmación de que vivimos en un mundo muy inhumano: a la gente se le mata por cualquier razón, a las familias se les permite vivir en condiciones de pobreza extrema, los niños mueren de hambre, etc. Cualquiera que tenga un poco de compasión y empatía estaría deseoso de cambiar el mundo tal cual es.

Hoy les invito a que hagamos precisamente eso – cambiar al mundo – comenzando con la forma en que nos relacionamos unos con otros, en ámbitos familiares, amistosos y de trabajo.

Propongo que si queremos construir un mundo más humano, las diferencias de clase y etnia, que en relaciones de trabajo se convierten en relaciones de poder (discriminación, maltrato, violencia), deben de ser abordadas de una manera más compasiva y tolerante si queremos vivir en un mundo más humano. Pero sobre todo, debemos de comenzar a pensar en la economía, y las relaciones laborales, “como si las personas importaran” y no como un fin para la generación de ganancias.

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